En “Umbra Arborum” (la Sombra de los Árboles), los árboles se constituyen como estatuas dinámicas cuya morfología muta y evoluciona en respuesta a factores ambientales y temporales. Esta condición les confiere una cualidad artística singular: su capacidad para encarnar procesos de transformación continua y dialogar con el espacio circundante, tejiendo relaciones invisibles con otros seres. Como arte vivo, los árboles desafían las categorías convencionales de permanencia y autoría, su materialización transciende lo físico: son testimonio de una estética basada en la interdependencia, el devenir y la integración respetuosa con los ciclos vitales del territorio.


